viernes, 28 de septiembre de 2012

Dí tu palabra y rómpete






“Retrospective Buddaha”, de Nam June Paik



He escrito alguna que otra vez que la televisión es mucho más convencional que la sociedad que la mira, de ahí que no sean mejores los que critican ferozmente a los programas en los que la gente se despelleja, vapulea y vilipendia sin piedad, que los que los siguen y hasta los defienden. Esta idea anda en sintonía con la que de forma más sesuda le he leído hace unos días  hace unos días al mejor cronista del malestar en USA, David Foster Wallace: “La televisión no es vulgar y lasciva porque la gente que compone la audiencia sea vulgar y lasciva. La televisión es así simplemente porque las personas suelen ser muy similares en sus intereses vulgares y lascivos, y ampliamente diferentes en sus intereses refinados, estéticos y nobles.

Los programas del despelleje, en el fondo, no tienen otro atractivo que poner de manifiesto a través de la morbosa necesidad que tenemos de curiosear, juzgar y fantasear  con las vidas ajenas, lo perra y anodina que es la existencia que solemos llevar tras la puerta de nuestra casa.

La vida, en definitiva, no es otra cosa que lo que le pasa a “uno mismo”, si bien hemos de aceptar de antemano que la mayoría de las veces “uno mismo” en realidad son “los otros”: los que viven en la casa de enfrente, los que se ven en la pantalla del televisor,  los que se oyen al otro lado del tabique de la salita, los que vemos hurgarse la nariz en el coche del carril de al lado mientras cambia el semáforo, o quien se nos sienta en frente cuando viajamos en el autobús de regreso a casa. Todos ellos conforman el colectivo anónimo sobre el que arrojamos cada mañana al levantarnos toda la mala baba que es capaz de producir la mediocre realidad cotidiana que arrastramos, o nos arrastra.

Claro está que viendo a tantos jóvenes sobradamente preparados mendigando por el mercado laboral puestos de trabajo “submileuristas”, últimamente se ofrecen los “cuatrocientoseuristas”, en los que hay que echar más horas que un reloj, no nos ha de resultar extraño que algunos de ellos se sientan tentados de tirar por el atajo del “famoseo del despelleje” ofreciéndose como carnaza televisiva para poder sacar el cuello. Hoy en día parecen tener más futuro los “platós” de TV que las aulas universitarias.

Someterse un rato a usa sesión de “telebasuraterápia” tiene de positivo que se acaba conociendo hasta al viejo Nietzsche: “Di tu palabra y rómpete”. Definitivamente, paisano, Darwin se equivocó: El mono es demasiado bueno para que descendamos de él.

(Twitter:@suarezgallego)

jueves, 27 de septiembre de 2012

Hambre, metafísica y gastrosofía




La comida del ciego. Picasso (1903)

La gastronomía, pese a que la palabra que la define cuente tan sólo con algo más de siglo y medio de existencia, es tenida hoy como un arte inmemorial. Cocinar, hablar y reír es lo que nos diferencia, según parece, de nuestros primos los monos. El sabio Platón, sin embargo, afirmó que la cocina, madre primigenia que nos engendró la gastronomía, no tenía la consideración de arte, y que en el mejor de los casos habría que considerarla como una simple costumbre arraigada, fruto del hábito adquirido de hacer las cosas por mera práctica y sin razonarlas, y cuyo objeto no era otro que procurarnos a los humanos el sustento diario.
 Platón, sin duda, no hizo otra cosa que definir de forma pragmática, y sin un ápice de pasión, los parámetros culturales de la cocina tradicional. Pero desde el respeto a sus venerables barbas, desde la reverencia a la eminente calva en la que se acuñaron los marchamos del pensamiento occidental, y desde la mucha querencia y respeto que le profesamos a las cosas del comer, estamos más por la labor de aceptar, sin más, que la cocina es el arte de elaborar los guisos de forma grata al paladar, mientras que la Gastronomía –con mayúscula-- es la ciencia de saber disfrutar de ellos con todos los sentidos, comenzando por el sentido común. Sin menospreciar al maestro Platón, nos ponemos al lado del pensamiento de Aristóteles cuando nos afirma en su Metafísica que “el principio de todas las ciencias es el asombro de que las cosas son lo que son”.
El estómago, que no entiende de filosofías, posee una memoria rencorosa y vengativa que nunca olvida los agravios del hambre. No entiendo, por ello, que a quien da de comer al hambriento le llamen “santo”, con veneración, y al que pregunta por las causas del hambre del hambriento, le llamen rojo, indignado o perroflauta, con bastante reconcomio. No resignarse a la injusticia del hambre ajena también es metafísica aristotélica y gastrosofía pura, por mucho que le moleste al terrorismo social que los mercados están ejerciendo desde el frenesí de su avaricia.

(Twitter: @suarezgallego)

miércoles, 26 de septiembre de 2012

La pipirrana del "Dos de oros"





Memorias de Tabertulia
Era Venancio Varea un zagalón cuya miopía le había librado de ir a servir a la patria con su quinta. Sus gafas, acusadamente redondas, atesoraban un sinfín de dioptrías en los muchos círculos concéntricos de sus cristales, lo que había hecho posible -según me contó él mismo- que se le conociera en su pueblo desde niño con el apodo del “dos de oros”. La similitud que los gruesos vidrios guardaban con las monedas del naipe homónimo de don Heraclio Fournier, hizo el resto a favor del sobrenombre.
En los tiempos de la leche en polvo y el queso americano, allá por los años cincuenta y pocos, cuando los mozos de su edad volvían licenciados de servir en África dispuestos a buscarse la vida, Venancio Varea abrochó la enorme correa que abrazaba su maleta de madera y dejó su pueblo -el nombre no viene al caso porque el pueblo de la desesperanza tiene siempre infinitos nombres-, y en el primer tren que salía hacía el norte probó por primera vez el sabor ácido a lejanía que destilan los filos cortantes de la palabra emigración.
Era Venancio Varea muy miope, pero voluntarioso en cumplir escrupulosamente con sus tareas, lo que hizo que llegara pronto a ser cartero en un pueblo de Álava, curiosamente próximo a la fábrica de los naipes que le habían dado el sobrenombre. Ironías de la vida, se dijo en más de una ocasión. Sea como fuere conoció a una buena mujer de Rentería, formó su familia, tuvo tres hijos, uno de ellos un notable médico hoy en Pamplona, y entre días lluviosos y multitud de caminos recorridos en bicicleta, fue haciéndose viejo entre caserío y caserío. Hizo amigos con los que tomar chikitos, compartir pinchos y entonar canciones de parranda cantadas en euskera, no teniendo en todos esos años otro dolor ni otro achaque que el estar lejos de su pueblo y de su tierra del sur.
Se jubiló no hace mucho, antes que Amaya -su mujer- lo dejara prematuramente viudo una sombría tarde de febrero. Solo, con sus gafas exageradamente redondas y de infinitos círculos concéntricos, con sus hijos instalados en sus vidas y en sus menesteres, regresó a su pueblo -el nombre no viene al caso porque siempre el pueblo de las esperanzas tardías ha tenido nombres imprecisos-.
          Algunas veces he ido con él hasta la huerta en la que pasó su infancia, hoy en manos de un sobrino. Y bajo el chozo de cañizo donde en el verano se refresca el botijo y anidan las avispas, cuando cae la tarde toma una cazuela de madera con casi tantos años como él, y en su fondo, con rabia, apretando la mano del mortero, machaca un diente de ajo con toda la parsimonia que el ritual requiere, y le va agregando, poco a poco, un hilillo de aceite de oliva hasta que toma cuerpo la salsa. Después añade los tomates, entre verdes y rojos, pelados y muy picados, y sigue majando. Agrega también un poco de picadillo de pimiento verde, no mucha sal, poco vinagre y más aceite. Y sigue majando mientras mira a lo lejos, donde se pone el sol cada tarde, y tras sus gruesos cristales naufragan dos lágrimas en los surcos de sus mejillas hasta caer en el fondo de la cazuela de madera. Una lágrima es amarga como el tiempo que se nos va en el suspiro que llamamos vida. La otra es agridulce, pues a pesar de los muchos años, Venancio Varea sigue siendo aquel "dos de oros" -zagalón casi cegato- que descubrió de niño el paisaje íntimo que cabe en el fondo inmenso de una cazuela de palo acunada en sus manos. Manos tan viejas ya como el mismo mundo, pero tan verdaderas como el pan que para mojar aceite acude tembloroso y torpe al plato. Manos tan entrañables y ciertas como la caña que, coronando el cuello de la botella, sigue repartiendo el vino a caliche entre sus amigos en paz y como hermanos.

martes, 25 de septiembre de 2012

Nos quedan los cuentos





A los hombres nos alumbran con cuentos, nos acunan con cuentos, nos amamantan con cuentos, y entre cuatro cirios de cuentos nos envían a una eternidad de ficción. Pese a todo, siempre he admirado a quienes los han escrito, porque en cada uno de ellos nos han dejado un  mensaje oculto: “La Historia no es más que la mentira encuadernada.”  
Los de mi generación, esos a los que ya nos va pesando la ceniza del tiempo en el bigote, de jóvenes creíamos a pies juntillas en la armonía y en la transparencia de las ideas y las cosas, y nos ha costado lo nuestro asumir que existe el mal. A sangre y fuego de desencanto hemos aprendido que existe la maldad gratuita; afición favorita de aquellos que le ponen zancadillas a la Historia –y a todo hijo de vecino-- sin beneficiarse en nada de ello. Ya nos lo decía Voltaire, con el fino sentido del humor dieciochesco con el que adornaba su pensamiento ilustrado: “Una de las mayores desgracias de las gentes honradas es que son cobardes”. Y este mundo actual, en el que las ideas también se han globalizado, parece estar hecho sólo y exclusivamente para chacales valientes
Escribir es, ante todo, un gusanillo como el que mataban, cada amanecer, con aguardiente "matarratas" los mineros de otros tiempos, sin ser conscientes que tarde o temprano ese gusanillo inofensivo acaba convirtiéndose en un dragón al que vencer, o, en el peor de los casos, en un espejismo por el que dejarse seducir. Es cuestión de cómo se administren las cobardías.
Nunca sabemos cuánto tiene uno, en cada momento, de san Jorge matadragones o de arañilla de quicio chinchorrera. Simplemente se escribe lo que se vive, y hasta lo que se sueña, ejerciendo más de “corresponsal de barra tabernaria” que de “corresponsal de guerra injusta”. Será por ello por lo que uno ya tiene asumido de sobra que nunca será un Pérez Reverte, por muchos “alatristes” que se conozcan con los que compartir el pan, el vino y el desencanto de cada día,
Lo decía también Voltaire: “Entre lobos, conviene aullar de vez en cuando”, tal vez porque la razón última de que la Historia nos haya perpetuado un modelo de persona honrada y necesariamente cobarde, estribe en el empeño que los inspiradores de todas las globalizaciones posibles han puesto para que nos creamos que sólo nos hacemos merecedores de la diaria ración de progreso y bienestar exclusivamente desde el silencio de los corderos. El “come y calla” con el que pretendieron vanamente amamantarnos a toda una generación, que pese a las cenizas del tiempo en el bigote, seguimos creyendo en la armonía y la transparencia como el mejor antídoto contra todos los que desde la maldad gratuita le siguen poniendo zancadillas a la Historia; y sobre todo a nosotros, pobres corderos aullantes, matadragones de cartón piedra y bonoloto semanal.
Pese a todo, uno añora los cuentos de la infancia en los que los malvados  nunca salían victoriosos y las gentes honradas, al final, eran felices y comían perdices.
Lo sé de buena tinta. El soldadito de plomo, que imaginara Hans Christian Andersen fundido de una cuchara vieja, en realidad perdió su pierna como un héroe en la Batalla de Bailén.
(Publicado en Bailén Informativo)

(Twitter: @suarezgallego)

lunes, 24 de septiembre de 2012

Dieta, mangueta y siete nudos a la bragueta




Fotografía de Andrzej Dragan



Memorias de Tabertulia


Mira, paisano, los avances científicos y tecnológicos de estos últimos tiempos nos han traído engendros gastronómicos como el vino sin alcohol, la leche desnatada, el jamón sin tocino, los yogures biomilagrosos, las angulas sin ojos, los  sucedáneos de mariscos, las sopas instantáneas, el caviar de plástico, los pollos hormonados, los dulces sin azúcar, el café descafeinado, el pan de chicle y la comida rápida “américan style”, tras la que –dicho sea de paso— se esconde toda una filosofía de la llamada “ingeniería histórica” por la cual los pequeños aconteceres de nuestras vidas –y el comer es uno de ellos-- han de encajarse de forma perfecta y anónima en el puzzle de los grandes sucesos de la Historia, siempre acordes estos con los intereses de quienes manejan las riendas del mundo.

Fíjate, paisano, que es a la hora de las comidas cuando los telediarios, entre cucharada y cucharada de sopa, nos hacen creer que nuestra anodina vida forma parte del devenir glorioso de la Historia, en una clara versión actualizada del viejo refrán “dame pan y dime tonto… pero con mucho kepchup”, al que el periodista norteamericano Walter Lippmann, ya en 1921, se refería al apuntarnos que el gran secreto para que la democracia funcione reside en la habilidad que sus dirigentes tengan para “fabricarse” el consentimiento de los ciudadanos. Votantes de diseño para escribir la Historia previamente diseñada, así sin más, paisano.

Es como si el neoliberalismo globalizado, creándonos nuevos sentimientos de culpa, pretendiera hacer de las dietas de adelgazamiento y de la presión fiscal unos eficaces instrumentos de control de las relaciones sociales, culturales, económicas y políticas de los ciudadanos. Esto no suena a nuevo, paisano, pues ya el médico Pedro Recio de Tirteafuera le amargaba  la vida al pobre Sancho Panza con una estricta dieta mientras ejercía de gobernador en la ínsula Barataria, hasta tal punto que le hizo exclamar al pobre escudero mientras huía del cargo: “Mejor me está a mí una hoz en la mano que un cetro de gobernador; más quiero hartarme de gazpachos que estar sujeto a la miseria de un médico impertinente que me mate de hambre”.
   
De la teología contrarreformista surgida del Concilio de Trento, en tiempos de Cervantes, hemos llegado a la “teología de la nutrición” que padecemos en estos tiempos, donde desde un demencial “racismo estético” se nos ha declarado herejes a todos los que no damos la talla estándar por habernos abandonado a los placeres de la buena mesa sin  claudicar ante la hipocresía higienista de una sociedad ebria de postmodernidad.

Me aterra pensar, paisano, que llegado el caso se nos haga sucumbir ante el esquema vital que desde los poderes fácticos globalizados –incluido el religioso— se nos pretende aplicar, resumido en uno de los consejos ripiosos del médico del siglo XVII Juan Sorapán de Rieros: "Dieta, mangueta y siete nudos a la bragueta". Sobre todo cuando uno se entera, paisano, que la susodicha mangueta no es otra cosa que una cruel y vil lavativa.

(Twitter: @suarezgallego)

sábado, 22 de septiembre de 2012

José Tomás: Un poema con versos de escalofríos.




Memorias de Tabertulia



Uno, que no sabe de toros pero frecuenta los santuarios taurinos como si estuviera en una perpetua peregrinación para ganar el jubileo de lo cotidiano, tiene en ellos la oportunidad de ejercer de corresponsal de guerra durante los debates que se traen los taurinos y los anti taurinos, para terminar siempre haciendo crónica, como corresponsal de barra, de las orejas que le cortamos a la vida junto a un vaso de vino y al amparo de una  tertulia.

El pueblo del que soy cronista oficial, Guarromán, fue colonizado por alemanes allá en tiempos del  rey Carlos III, hace ya casi dos siglos y medio. Cuentan una historia, que sospecho falsa, pero que no me resisto a contarla: En los años cincuenta se encuentran el mayor filósofo alemán, Martín Heidegger, y el mayor filósofo español, José Ortega y Gasset. Pregunta el primero, con un punto de xenofobia: “¿Por qué hay tan pocos filósofos españoles?”. Responde el segundo, con un punto de ironía: “¿Y por qué hay tan pocos toreros alemanes?”.

Y a uno se le hiela la sangre de alimentar veletas cada vez que oye hablar de rescates y de vivir por encima de nuestras posibilidades. Los españoles  ante estas cosas somos lo que  decía Gabriel Celaya en unos versos:

Soy ibero
y si embiste la muerte,
                                               yo la toreo.

Lunes Santo. Media tarde. En Guarromán ha llovido y el sol se debate entre rizos de nubes y olivos. Estamos en el bar. Llega el maestro José Tomás. Le estrecho la mano.
--Maestro, tiene usted las manos frías –le digo--. Sonríe.
--Y usted, maestro, el bigote  blanco. –Me dice—
--¡Cosa de los años! En él se me ha  ido quedando el miedo hecho  espuma. --Le respondo--

Compruebo que es cierto: El maestro José Tomás no huele a ciprés. Aunque su presencia es un poema con versos de escalofríos.

(@suarezgallego)
 

viernes, 21 de septiembre de 2012

Los sabores de la Historia





Brindis, de Fernando Botero.

A la cocina desde sus raíces populares, y a la gastronomía desde sus aspiraciones intelectuales, se les ha  tenido siempre como las cenicientas del acervo cultural, tal vez por la resistencia que ha mostrado siempre lo que podríamos denominar como la oficialidad culta a reconocerle una mínima pátina de Cultura (con mayúscula) a todo lo que huela a lúdico y popular.

 Los motivos habría que buscarlos en la herencia judeocristiana que nos presenta la vida como el valle de lágrimas al que hemos venido a sufrir, donde todo lo susceptible de producir placer, como dice la canción, o es pecado, o está prohibido, o engorda. Es la sempiterna confrontación dialéctica del hedonismo “pecaminoso” versus la penitencia “jorobante”, que sirvió de coartada durante tanto tiempo a quienes en aquellos años en los que éramos aguerridos reclutas de la “reserva espiritual de Europa” se nos justificaba la falta de agua caliente en los cuarteles y en los internados diciéndonos que ducharse con agua fría era cosa de hombres.
           
La gastronomía tradicional, en estos días en los que la oferta turística es cada vez más amplia y competitiva, y la motivación de los viajeros para elegir un destino puede deberse a atractivos singulares y propios de la cultura de cada territorio, reclama su papel como patrimonio cultural en el que los sabores acuñados en los fogones anónimos de nuestra historia compiten en legitimidad cultural con los paisajes renacentistas perfilados por Vandelvira, por poner un ejemplo.

El “gastronómada” sabe que los sabores  como los paisajes no viajan, de ahí que vaya impertérrito en su búsqueda, dibujando en cada uno de sus pasos la geometría que define eso que se ha dado en llamar el turismo de interior, en las antípodas de la tumbona y el chiringuito playero.

Sólo nos queda que nuestros hosteleros conciban la oferta de la gastronomía tradicional con los mismos planteamientos de rigor y de autenticidad con los que se viene ofreciendo el patrimonio monumental. Será entonces cuando podamos descubrir en todos sus matices la emoción que produce desgranar los sabores que encierra cada paisaje. A fin de cuentas la gastronomía tradicional no es otra cosa que la Historia (con mayúscula) que puede paladearse.

(Twitter: @suarezgallego)

lunes, 17 de septiembre de 2012

"Pitas, pitas..." La milana bonita y la esperanza sin Esperanza.






Publicado en diario JAÉN el domingo 28 de marzo de 2010.


Hace pocos días el maestro Miguel Delibes nos ha dejado, que no muerto, sin que sus manos nunca se hayan quedado quietas ante el blanco absorto de una cuartilla muerta. Nadie como él nos ha sumergido en la España de la humillación, tan magistralmente descrita en su novela “Los Santos Inocentes” (1981). Milana bonita, milana bonita, dicho por el viejo Azarías, siempre me ha parecido una consigna. Una palabra mágica como el ábrete sésamo que mueve  la piedra tras la cual Alí Babá y sus cuarenta ladrones esconden su botín. Delibes hizo de la milana bonita la brújula del compromiso con los humillados. No sólo en Extremadura, paisaje donde se desarrolla su emocionante narración, sino en todos los paisajes en los que perviva un señorito Iván y una Señora Marquesa.

Cuando Francisco Rabal recibió en el Festival de Cannes (1984) el premio a la Mejor Interpretación ---que compartió con Alfredo Landa-- por su papel de Azarías en la película de Mario Camus basada en la obra de Delibes, a pesar de la prohibición de que los galardonados hablaran, en un acceso de espontaneidad, se acercó al micrófono, y sin dudarlo, susurró: "¡Milana bonita!", arrancando una gran ovación en el público, que siempre he interpretado como una muestra de solidaridad con los humillados, ratificándome en el presentimiento que siempre tuve de su  valor como consigna.
  
A los andaluces, más que nos pese, se nos ha estereotipado hasta la saciedad por los cuatro costados que delimitan el prisma cultural que somos, hasta tal punto que ya resulta tópico hablar de los tópicos que atenazan la cultura andaluza: Cante, toros, vino, holgazanería, subsidio y… el duende que subyace en el suspiro integrador de todos ellos.

Ante el pitas, pitas de doña Esperanza Fuencisla Aguirre y Gil de Biedma, marquesa de Murillo, y nieta del conde de Sepúlveda, y de los esfuerzos de don Francisco Javier Arenas Bocanegra por “defender” la dignidad de los andaluces ante la mala baba de su jefa política, sólo se me ocurre invocar el milana bonita, milana bonita de Azarías.

(Twitter: @suarezgallego)

domingo, 16 de septiembre de 2012

La pirámide sin sombras






Las normas más elementales sobre la eficacia aconsejan que para formar un equipo  eficaz se cuente con los mejores. Pero la realidad nos dice que lo usual es que los equipos y sus jerarquías, en cualquier actividad, se formen y se constituyan siguiendo el esquema de la “pirámide sin sombras”. Esto es: cada nivel que sostiene  la estructura piramidal se sustenta en uno inferior más mediocre e ineficaz, pero con  menores expectativas de brillar con luz propia, no ensombreciendo, por tanto, al nivel superior. Esto conlleva que quien promociona a alguien al grado de su mayor incompetencia es porque ya él mismo lo alcanzó previamente, y se ve obligado a sobrevivir sobre un lecho de incompetencia múltiple, que es en lo que acaba convirtiéndose la “pirámide sin sombras”, circunstancia  que no deja de tener sus riesgos pues a los ineptos, como a las escopetas, los carga el diablo, y cualquier momento es bueno para que se disparen de forma estrepitosa e inoportuna.

La percepción que se suele tener de este fenómeno es que cuando un inepto confeso ostenta un cargo éste está vacante, y por tanto una legión de incompetentes pululan y aspiran a él. Ya Ortega y Gasset se lamentaba de esto, en el pasado siglo,  cuando ponía de manifiesto que en política se solía prescindir de los mejores. Y no sólo en política, también en cualquier actividad  humana en la que se encumbre a un mediocre que no proyecte sombra sobre el  valedor que lo promociona.

El bolero que compuso Armando Manzanero, y cuya letra dice aquello de “esta tarde vi llover, vi gente correr y no estabas tú”, nos puede definir el síndrome que padecen quienes más que gozar con el deseo propio de “estar”, lo hacen con el hecho de que otros “no estén”, aunque aguanten el chaparrón. Esa es la pasión del mediocre prepotente por ningunear a los demás. Se justifica diciendo que hace lo que tiene que hacer, aunque le cabrea sobremanera que otros digan lo que tienen que decir, sobre todo si no forman parte de “su” personal pirámide sin sombras.


Publicado en DIARIO JAÉN, hoy domingo 16 de septiembre de 2012

(Twitter: @suarezgallego)


viernes, 7 de septiembre de 2012

La erótica de un desayuno con tostadas de aceite de oliva virgen extra.




Desayuno en el jardín. Oleo de Claude Monet


Las mañanas de los sábados me gusta desarmarlas con  la íntima vocación quirúrgica con las que se disecciona a sí mismo un artilugio doméstico adquirido en los almacenes de los chinos. Leer la prensa a los sones magistrales del crujir de  unas tostadas de pan henchido con aceite de oliva virgen extra, es una de las actividades que más endorfinas  producen en mis  entretelas gastronómicas.

El verdadero clímax en esta sorprendente erótica del condumio se alcanza cuando estos menesteres de la ingesta matutina se ejercen en una terraza, justo en la frontera del “solysombra” que nos caldea el éxtasis de nuestra holganza.

La cocina es la suprema habilidad de la paciencia, capaz de transmutar la Naturaleza en Arte  –con mayúsculas—, precisamente en una época en la que el reloj nos tiraniza sin piedad y las prisas se han afincado en nuestras vidas como sólo saben hacerlo los parientes pejigueras.

Los avances tecnológicos que nos han llevado a creernos a pies juntillas este mito que llamamos progreso, no siempre son sinónimos de calidad de vida. Baste con observar que mientras se han conseguido grabar los sonidos, perpetuar las imágenes, rescatar los sueños e inventarnos una realidad virtual, afortunadamente aún no se ha descubierto un artefacto que nos describa la geometría de los sabores de un simple trozo de pan de pueblo preñado con un aceite de oliva virgen extra. Ni el más sofisticado de los aparatos puede, de momento, “vivir por nosotros” el mundo de sensaciones que delimitan los  puntos cardinales de una mesa con mantel, un desayuno sin prisa, una tertulia animada y un mundo incorregible plasmado en las páginas de un periódico.

Frente al último bocado de la  tostada del sábado, reflexiono sobre qué me habrá de helar el corazón después del  desayuno, si será el pan frito o los picatostes. A fin de cuentas el secreto de la buena vida no es otro que saber elegir entre la sugerente diversidad del tedio cotidiano. Eso que a modo de dulce muerte nos va diluyendo en nuestras propias contradicciones.

(Twitter: @suarezgallego) 

jueves, 6 de septiembre de 2012

La urgencia de lo importante, y la importancia de lo urgente.




Twitter nos concede ciento cuarenta caracteres para retener urgentemente cada instante cotidiano que queremos elevar a la categoría de importante.

Hemos vuelto de las vacaciones y de buena gana nos iríamos a otro lugar “urgentemente” para sentirnos parte de otro paisanaje en el entorno de otro paisaje. Necesitamos “urgentemente” buscarnos a nosotros mismos donde nunca hemos estado antes, y sentirnos lo que nunca hemos sido. Eso es lo que llaman turismo emocional, el que nos permite encontrar los trozos propios que hemos ido abandonando como jirones en las cercas y las púas de lo cotidiano. La vida, la mayoría de las veces, se nos muestra como la alambrada que hay que saltar cuando huimos de nuestras buhardillas interiores.

Desde que somos europeos de derecho, es decir, hijos adoptivos con vocación de hijastros de la Europa eslava, sajona y normanda, en el Mediterráneo vamos perdiendo la calle como extensión de nuestras almas. Cada día que pasa, las convergencias macroeconómicas para salir de la crisis nos van quitando un trozo de calle al caer la tarde. De nuestra calle como seña de identidad.

Y al concluir la cena, ante la inquietud de no saber el color del futuro que nos habrá de amanecer mañana, nos abandonamos en los brazos del sillón de la salita sin  más argumentos para dar una efímera cabezada que comernos el mundo de canal en canal, el incierto mundo de los escasos quince metros cuadrados que rodean nuestro sillón y el televisor.

          Sin darnos cuenta nos hemos ido convirtiendo en carne de audiencia.  Las salitas de nuestras casas cada vez se parecen más al camarote de Groucho Marx con tanto personaje y personajillo que se  nos cuela por la pantalla. ¡Pronto, que nos devuelvan la calle y su cultura o acabaremos perdiendo también el pan con aceite y el geranio que al paisanaje mediterráneo nos brota en el costado del corazón con el primer llanto, nada más nacer!

Dicen que nunca duelen dos cosas a la vez. Es por ello por lo que nunca sabemos si nos duele más lo urgente o lo importante.

Acabo de escribir en mi twitter: @suarezgallego “Malditas sean las prisas para no ir a ninguna parte”.

De todas formas seguiremos esperando a Godot. Y si viene estaremos salvados.

miércoles, 5 de septiembre de 2012

Bestiario




Ilustración de Ana maría McCarthy , “La colmena y El Patio de los Naranjos”


Fue el cineasta bilbaíno Víctor Erice quien en su película “El espíritu de la Colmena” (1973), nos contaba, a modo de leyenda subliminal de posguerra, la fascinación de una niña rural por la figura de Frankenstein. Todos, al fin y al cabo, vivimos atrapados por la colmena y su espíritu, que por un lado nos tiraniza con su sistema férreamente organizado, y por otro nos permite hacer de la imaginación la mejor solución para sobrevivir en la geometría impersonal de sus celdillas  hexagonales.

La colmena, sobre todo en épocas de crisis como ésta que ahora vivimos, es el paradigma del espíritu de  solidaridad y colaboración de una sociedad que habiendo sido amamantada por las vacas gordas, ahora se defiende de las dentelladas rabiosas de las vacas flacas, como si se tratara de cerdos en su marranera viviendo la existencia feroz de la pocilga. A mordiscos y hocicones defienden su comida y su rodal de podredumbre, compartiendo con sus congéneres sólo el lodazal y la inmundicia en la que todos se revuelcan --y nunca mejor dicho-- como marranos en un charco.

A las abejas, por el contrario, las une la perfección de sus panales,  la utilidad de su cera y la golosina de su miel. A los cerdos que comparten zahúrda  y marranera los mantiene unidos, en una palabra, la mierda común en la que retozan y con la que se embadurnan.

En el fondo, todos  aspiramos a convertirnos en la mosca cojonera de nuestras moscas cojoneras, y  esa metamorfosis hace que el inquieto mulo del destino siga dando violentas coces en la cuadra de nuestras conciencias. Impagables moscas, que volando como abejas emuláis a los cerdos, pero nos mantenéis despiertos y ligeros de equipaje a la sombra estéril de los vanidosos laureles.

Bien que lo dice don Quijote después de ser apaleado por los presos que él mismo liberara del cordel de condenados a galeras: “Siempre, Sancho, lo he oído decir, que el hacer bien a villanos es echar agua en la mar.


(Twitter: @suarezgallego)

martes, 4 de septiembre de 2012

El nacionalismo de Murphy y los puros del poder.






Los nacionalismos, como el tabaco, sólo les gustan a los que se lo fuman. Son como el humo ajeno, que acaba cegando  a quien lo exhala y asfixiando a quien no tiene más remedio que respirarlo. Con la ley antitabaco se mandaron a los fumadores a tragarse sus humos a la calle, pero, por desgracia, no hay una calle posible donde mandar a los nacionalistas a que se fumen su nacionalismo, y así andamos todos a punto de ahogarnos con la tos constitucional.

Siempre se ha dicho que el hombre como el pez muere por la boca, pero no sólo por lo que come y por lo que bebe, sino también por lo que habla. Y esto es válido, sobre todo, para los que se ganan la vida hablando, es decir, para los parlamentarios, que en el castellano más puro y lógico, según las etimologías de mi amigo el Caliche, doctor en ciencias tabernarias, habría que llamarlos simplemente los “hablamentarios”. La política, como afirman los “politólogos” que saben de esto, es el arte de lo posible, y ya decía también un eminente torero metido a filósofo que “lo que no puede ser no puede ser, y además es imposible”. De ahí que la política, a veces, sea también el “desastre de lo imposible” gracias a algunos de su políticos.

La lección primera que debe aprender todo político es que sólo a los enamorados y a los poetas, que creen en lo imposible, les está permitido decir lo que piensan. Y a la vista está, tarde o temprano a los enamorados se los acaba tragando el desamor y la desidia de lo cotidiano, y a los poetas... ¡ay, a los poetas no los toma en serio nadie! Sin embargo fue un poeta, precisamente, quien dijo que unas veces por prudencia y otras por cautela nos paren con cuentos, nos mecen con cuentos, y a la luz de cuatro cuentos, y con los pies por delante, acaban haciéndonos ciudadanos de la Eternidad.

           Estamos sujetos a la inexorable ley de Murphy: “Si algo puede salir mal, saldrá mal”. Ley que desde el fatalismo que heredamos de la cultura árabe y el victimismo resignado del que hacemos gala las gentes del sur, tiene su extensión metafísica en “...y además es muy probable que salga mal”. Dicen que el tal Murphy fue más expeditivo al formular la segunda parte de su famosa ley: “Es inútil hacer cualquier cosa a prueba de ineptos, porque los ineptos suelen ser muy ingeniosos".

A veces, la cautela, la prudencia y el ánimo de los políticos en su afán de no crear alarma social, acaba convirtiendo en un circo los temas de estado más peliagudos y preocupantes para la ciudadanía. ¡Por favor, que se permita fumar en el Parlamento, y que se relajen los diputados antes de hacernos la puñeta! ¡Que lo recorten todo menos los puros del presidente Rajoy, o nos quemará con ellos “por nuestro bien y como Dios manda”!

La creación de un “banco malo” hace intuir como candidatos para presidirlo a Mario Conde o a José María Ruiz Mateos. Ambos cuando hacen con los dedos una “uve” no efectúan la señal de la victoria, sino que nos están pidiendo un puro con el que exhibirse antes de quemarnos. ¡Estos ultraliberales son así de raritos! Prometen crearnos puestos de trabajo desde el paternalismo empresarial, para luego quemarnos como a hijastros de la crisis capitalista. ¡Y luego hablan de los pirómanos de bosques!


(Twitter: @suarezgallego)

domingo, 2 de septiembre de 2012

Pelagatos, mindundis y pillabichos.






Algo debe estar haciendo aguas en nuestra sociedad cuando cada vez es más frecuente  la vejación de los que enseñan,  la agresión a los que sanan, y la difamación contra los que administran justicia. Persistentemente, a la vista queda, se maltrata, atropella y revuelca  a los tres asideros de urgencia que toda sociedad tiene para promover, en última instancia, su regeneración desde la dignidad: La enseñanza, la sanidad y la justicia.

Es como si el contubernio judeo masónico, al que tanto aludía el dictador, se hubiera convertido,  pasada ya una generación sociológica, en la “confabulación del repelús”, de tal modo que conceptos como disciplina, autoridad y respeto, hayan dejado de ejercerse por miedo a que se nos ubique en el bando ideológico contrario.

En el manual del buen demócrata nunca han dejado de estar vigentes palabras como educación, disciplina, autoridad, respeto, esfuerzo, consideración y mesura. Identificar  algunas de ellas con métodos y talantes dictatoriales, totalitarios y represivos, es un error de bulto de quienes por no parecer  lo que no son, consienten por omisión y dejación  la represión dictatorial y totalitaria contra profesores, médicos y administradores de justicia, precisamente a manos  de los mismos ciudadanos que son objeto de los servicios que el propio estado democrático les encomienda.

 Paradójicamente, hacer la vista gorda y permisiva con quienes, campando por sus respetos, confunden la democracia con poder hacer “lo que a uno le salga de los cojones en todo momento” -vox populi dixit-, a la larga no engorda el semillero electoral, y diluye la autoridad del sistema democrático, descafeinando el cumplimiento de las leyes que promulga y las normas que lo sustentan. Esta es, sin duda, la mejor forma de allanarle el camino a los que piensan que la vieja y nefasta receta del garrotazo y tentetieso es el único y mejor jarabe para curar las calenturas que, según ellos, producen los “delirios democráticos”, responsabilizando a la propia democracia de todos los males que unos “demócratas”, poco escrupulosos, ocasionan desde la demagogia, más que desde una gestión responsable y sin complejos frente al pasado.

La democracia implica una sociedad de valores, en la que no caben los remilgos semánticos que las dictaduras dejan marcados en el subconsciente colectivo de una sociedad  cada vez más propensa a que le afloren  progres de derechas, pijos de izquierdas,  pelagatos laborales,  mindundis culturales, y pillabichos financiero-empresariales.


(Twitter: @suarezgallego)