viernes, 26 de octubre de 2012

Homo homini lupus





Recurro al latín para ponerle título a este artículo por la concreción semántica que permite esta lengua clásica. No hay en ello el más mínimo “animus eruditandi”, pues bien advertido que me lo tiene, desde su gramática parda, mi buen amigo el Caliche: “Citas latinas, corral de pamplinas”. Digamos, yendo al grano, que con “homo homini lupus” no pretendemos otra cosa que incidir en el consabido aforismo el hombre es un lobo para el hombre.
Ya Juan Ramón Jiménez ironizaba al respecto en “Platero y yo”: ¡Si al hombre que es bueno debieran decirle asno! ¡Si al asno que es malo debieran decirle hombre! Yo mismo me negué hace años a tener un perro al comprobar que todo chucho acaba pareciéndose, tarde o temprano, a su amo. Mi respeto hacia ellos me ha llevado a evitarle a alguno el castigo inmisericorde de servirle de inexcusable espejo donde mirarse, amparándome, también, en que la sabiduría popular esto lo ha tenido siempre claro: Viendo al perro del cortijo, se sabe como es el cortijero.
De la misma forma que el pobre de Gregorio Samsa –el protagonista de “La metamorfosis”, de Kafka-- una mañana, tras una noche de un sueño intranquilo, se despertó en su cama convertido en un monstruoso insecto, viviendo a partir de ahí en sus propias carnes el abandono paulatino de su familia hasta morir por inanición, algunos animales acaban transformándose en réplicas de sus amos, y pagando por ello las consecuencias de los desmanes y tropelías de aquellos. ¿Quién no ha sentido alguna vez la malvada tentación de darle una patada clandestina al perro de quien nos cae mal, ante la imposibilidad, o cobardía, de dársela a él mismo?
Hace tiempo tuve un vecino que todos los días, al cruzarnos, emitía un gruñido a modo de saludo matutino. Nunca abandoné la esperanza de que su perro, que invariablemente lo acompañaba, acabaría, con el tiempo, respondiendo a mis “buenos días” como un ser humano educado, por una mera cuestión de afinidad entre especies. No fue así. Con los años, aquel pequinés mal encarado, gruñía exactamente igual que lo hacía el desagradable de su amo.
Desde entonces espero que el lobo que todos llevamos dentro devore sin piedad a quienes abandonan en el abismo de la soledad completa a los que por ser viejos, pobres o marginados nos estorban en la conciencia imposible de nuestros intereses más egoístas.
¡Perro hombre! ¡Hermano lobo!

@suarezgallego

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